Siempre bajaba las calles con las manos atrás (el colegio estaba arriba), andando con parsimonia, con zapatos negros de punta fina, brillantes, con el mismo traje (o eso me parecía), estirado, viejo; no recuerdo verlo subir, seguramente llegaba antes que los niños. El primer día de clase, en aquel colegio, en aquel pueblo, mi madre me llevó y él, Don Juan el maestro, mientras me tiraba de un carrillo, hacía un comentario sobre los mosquitos que había en Tomelloso, pues el estuvo una vez, en la pensión «Oriental» y los recordaba grandes y hambrientos y un muy buen casino que había en la calle principal del pueblo. Me pasó al aula, era la clase de Segundo Curso de chicos del Colegio Nacional Padre Jofré de El Puig de Santa María, era la segunda vez que hacía Segundo, tuve que repetirlo pues empecé un año antes de mi edad. El colegio estaba en lo alto de una montaña, no recuerdo que hubiera niñas, era viejo, grande, las pizarras pintadas en la pared, encerados les decía Don Juan, con pupitres de madera y los suelos de mosaico.
Era de Ciudad Rodrigo, en Zamora, cerca de la frontera con Portugal, en clase llevaba guardapolvos seguramente por no mancharse de tiza el traje negro. Utilizaba siempre cuando se enfadaba la misma expresión: «que te doy un puntapié en toda la barriga», pero no era malo, no pegaba casi nunca, eso si, se hurgaba constantemente la nariz en busca de no se que tesoro. Los valencianos le llevaban sacos (costales más bien) de naranjas y de arroz en la recolección y todos le llevábamos algún regalo para Navidad, para Pascua como se decía allí, yo le lleve una bandeja de frutas escarchadas con una dedicatoria que me escribió el tendero; supongo que esa costumbre de los regalos (que solo encontré allí), era un vestigio de lo de pasas más hambre que un maestro de escuela.
Nos enseñaba canciones gallegas, el «Asturias Patria Querida» (tengo que subir al árbol, tengo que coger la flor), en Mayo le llevábamos flores a María y le tuvo que explicar a mis compañeros de clase que en Tomelloso no había ningún asesino, por lo menos reconocido. Era un maestro a punto de jubilarse. Luego, después, me encontré otro igual en Tomelloso a nuestro regreso de Valencia, que le enseño incluso a mis tíos: Don Casildo.
P.S.
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Pero, ¿al final encontraba el tesoro o no?
Si. Y tenía el gusto de regalárselo al que tenía más cerca, capirotazo mediante
Don Casildo, yo también fui con él, en el Colegio de San Fernando en Tomelloso.
Lo recuerdo de manera entrañable, ojala mis hijos también tengan la suerte de tener maestros como ese.
Se le saluda por esta su casa D. Vicente
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