Hablando de lecturas, hay dos que me impresionaron (hay muchas más, pero hoy voy a hablar de dos), una de García Márquez y otra de Torrente Ballester (si fuese más leído, diría Torrente, solo).
La primera es «El Amor en los Tiempos del Cólera», me estremeció el pasaje en en que describe como Juvenal Urbino:
Contribuía a la paz doméstica con un acto cotidiano que era más de humillación que de humildad: secaba con papel higiénico los bordes de la taza cada vez que la usaba. Ella lo sabía, pero nunca decía nada mientras no eran demasiado evidentes los vapores amoniacales dentro del baño, y entonces los proclamaba como el descubrimiento de un crimen: “Esto apesta a criadero de conejos”. En vísperas de la vejez, el mismo estorbo del cuerpo le inspiró al doctor Urbino la solución final: orinaba sentado, como ella, lo cual dejaba la taza limpia, y además lo dejaba a él en estado de gracia.
El párrafo tiene un regusto amargo a la vez que real, que cuando lo leí la primera vez no me impresionó tanto; últimamente recurro al recuerdo de éstas líneas más veces de las que me gustaría.
La segunda es la «Saga/Fuga de J. B.», en la novela, Torrente (ahora si), describe como Castoforte de Barralla, ciudad misteriosamente suprimida, incluso de la cartografía, por una siniestra conspiración, está condenada a desaparecer cósmicamente. Solo puede ser salvada por un hombre cuyas iniciales sean J.B. Desde que la leí donde dice Castroforte, yo digo Tomelloso, borrada del mapa e ignorada incluso por sus vecinos. Lo que demuestra que quien escribe, no deja de ser un cateto, algo leído, pero un cateto, que con lecturas tan sublimes como la novela predicha, se acuerda de su pueblo, que es lo que hacen los catetos.
Me acabo de acordar que J. B. también es el protagonista de «El Factor Humano» de Graham Greene.
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Etiquetas: Literatura, palabras













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