Al médico

30.10.08 | Sin Comentarios| Archivado en: Parole

La cita

Me acerco al mostrador: Quiero confirmar la cita que pedí por Internet, es para hoy a las doce y cuarto. Efectivamente, me confirma la señorita que me atiende (todo simpatía y agrado), en la puerta xy, en la planta x. Subo hasta la planta indicada, busco la puerta (el orden de las mismas es ciertamente particular) y cuando la encuentro veo un cartel que dice que «Hoy no hay consulta, hable con el celador». Vuelvo a bajar, voy hacia la simpática señorita que me atendió, me confirma que mi doctora no viene hoy, y me encamina a la consulta del doctor K, en la planta y, puerta yz. Me pide disculpas por no darse cuenta. Las acepto. Subo de nuevo, y localizo la puerta indicada. Justo cuando llego, el doctor K asoma su cabeza por la puerta.

La consulta

¿Después de María quien va?. Hola K (si, ya se que los K eran una estirpe de eficientes agrimensores, luego topógrafos, pero una rama de ellos, después de la guerra de los boers, se decantó por las ciencias de la salud), yo vengo por que mi doctora no está. Ah, hola, ahora te llamo. Paso y a pesar de que nuestras hijas son amigas, me trata de usted. Le explico los síntomas: lo del otro día y algo más. Mueve (por lo segundo) la cabeza y un escalofrío me recorre la columna: se va usted a hacer (confraternizando) estos análisis, vamos adelantando. Lo de la laringe a su doctora. Debe ser una sequedad. Pero lo otro, la edad, los síntomas (alegrando), me preocupa (y a mi, no te j…), no deje de hacerse estos análisis. Gracias.

La petición

Hay dos puestos de trabajo para las citas de especialistas, análisis y no se que más. Pero nos hacen converger a todos en un cola, todo explicado mediante un cartel que por su agradable dicción podía haber puesto «el trabajo os hará libres». No miran a la cara, lo vengo observando, supongo que nos deshumanizan para no sentir remordimientos si alguno de nosotros la palma. Uno de los dos se levanta y se va a tomar café. Una que parece ser la jefa pasa por allí y un señor le pregunta algo y ella no se inmuta, hace como si no lo oye. Es tripuda, la conozco. Dicen direcciones y números de teléfono a grito pelado, sin una pizca de decoro; nos tratan a todos de tú. El treinta a las ocho ¿te viene bien? ¿que es, jueves? no se, es treinta, la primera orina de la mañana la echas en el bote, ja, ja, es treinta.

El análisis

Llego a la ocho menos cuarto con mis miserias dentro de un bote, metido en una bolsa y guardado en el bolsillo. Espero en el coche: hace frío y la puerta del ambulatorio está cerrada. Abren, cuando llego ya hay otro cartel, en medio, con otra serie de normas estúpidas y mal escritas: hay que sacar el bote de cualquier envoltorio y quitarle una pegatina que lleva. Fuera pudor, mi orina a la vista de cien personas, la entrego, me dan otros tres botes (probetas, o lo que sean) pasa (de tu y sin mirarme), paso. Un enjambre de enfermeros sentados en mesas que me han recordado la lista de Schlindler: adelante, siéntate (uf), eres aprensivo ¿eh?, un poco (digo casi sin aliento), ale pues no mires. ¿Ves?, ya está. Gracias. Y me he ido, eran solo las ocho y cuarto.

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