En estos días de naturaleza desatada y como cambio mínimo de tercio, hablo de Andrés. En el siguiente párrafo a lo mejor sigo con este proyecto semanal, pero ahora voy a hablar de Andrés. Del orondo y desacomplejado Andrés, vendedor de cupones, limpiador, letrista de canciones, poeta, camarero, futuro policía a pesar de sus casi cincuenta años y más de cien kilos, vigilante jurado y sin jurar, sofista, felizmente ignorante. De ignorancia atrevidísima. Alegre seguidor del reduccionismo metodológico y del frater Guillermo de Ockham. Tenía para todo una explicación, siempre la más sencilla. Cuando digo para todo, me refiero a Todo, a cualquier cosa, situación, problema, ser o esencia, reduciéndolo a la mínima expresión. Cierto día, en uno de sus continuos monólogos, peroraba sobre la Tierra, afirmando toda suerte de sencillas teorías y soluciones para el cambio climático en cada una de sus infinitas variantes: exceso de CO2, quitar los vehículos a motor e ir andando; sobrepoblación, una guerra mundial cada tanto… Llegando en cierto punto a disertar sobre los movimientos telúricos. Los terremotos, según él, eran producidos por el enfado de la Tierra hacia los hombres por los sondeos que contra ella hacían (pozos de petróleo, de agua, minas…), siendo los temblores, movimientos compulsivos propios del cabreo, por que, imagínate si a ti te clavasen agujas que leche se te pondría.
Han habido intentos. Cuando las circunstancias y los problemas me acorralaban. Por lo menos tres. Alguna vez estuve casi un año sin beber…mucho. Eran fáciles. La mente sabía que solo era un ayuno pasajero, una especie de cuaresma y como dice el aserto: «el hambre que espera hartura, no es hambre». La conciencia descansaba algunos meses. Las dificultades comienzan cuando te planteas dejar de beber para siempre.
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Etiquetas: palabras













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