Otra vez que se murió como ahora un artista famoso, la Noia, lloró más que una viña. Era uno que le decían (o se llamaba) Lennon, casado que estaba de segundas nupcias con una china o japonesa llamada Yoko Ono, mayor que él. Le hizo el cuello, a Lennon, en la puerta de su casa uno que le tomó coraje; en el edificio Dakota que está en Nueva York enfrente del Central Park, una casa de vecinos muy exigente con los inquilinos. Cinco tiros le pegó Chapman (creo que se llamaba). La Noia, con su cara de arrobada lloraba por el artista (que no se si conocía antes), compró todas las revistas que publicaron entonces; el segundo mesías había muerto mil novecientos ochenta años después y ella era testigo (todavía no se decía testiga). Él muerto de ahora es menos etéreo que el otro. Si para el muerto de antes todo fueron loas y panegíricos, para el de ahora, dado el interés, digamos, social que despierta su persona, lo van a despellejar aún caliente que es más fácil. Aquí, en esta parte de la Mancha, artistas se les dice a los que trabajan fundamentalmente sentados. En Galicia les dicen zapateiros. Son los que se ganan el pan (es un decir) trabajando en el pueblo. Gentes acostumbradas a pasar hambre y a no doblar el lomo. Gentes menestrales: barberos, esquiladores, herreros, albañiles, carreteros, fabricantes, oficinistas… Artistas, el mismo nombre lo dice, la gente del campo no tenía tiempo para el arte, solo para trabajar.
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Se despellejó el solito. Lo que hace ahora el personal es devorar las pocas tiras de piel que todavía le quedaban. Suele pasar con los artistas. Con los que no trabajan sentados, digo.
Es cierto, Ángel, tiene poco pellejo ya el artista. (No me guardes la simiente de los que trabajan sentaos)