La estancia, una cocina en una casa de las viñas, no resulta en principio muy acogedora. Después, ya comidos, la pesada digestión y el luminoso fuego de sarmientos y cepas que arde calmamente transmiten cierta comodidad. Hombres de casi cincuenta años recostados en los poyos, otros sentados en sillas; unos con el pelo cano, otros aún no y pocos sin pelo. El crepitar de los sarmientos y el leve sonido de la combustión de las cepas propicia la conversación, incluso la confesión. Fuera arranca a llover, otra vez, con energía. La tierra, harta ya de agua este invierno, es incapaz de absorber la que le cae quedando todo encharcado en pocos minutos. La conversación discurre por vericuetos cada vez más profundos, existenciales, conforme cae la tarde. En este punto afirmo: la autocompasión es el estado perfecto para un dependiente del alcohol (o lo que sea). Me exigen explicación de tal aserto (como no puede ser de otra manera). Cuando alguien cae en la autocompasión deja de ser responsable, ante él y los demás, de sus actos. Es decir, sus actos aunque malos o fatales dejan de tener repercusiones sobre él, debido a esa irresponsabilidad. Mi sino me lleva por estos caminos, un hado nefasto que me empuja a cometer los más horribles actos que yo no quiero. Amparado por la condescendencia de quienes le rodean, que dándolo ya por perdido, justifican sus hazañas como la cruz con la que hemos de cargar. Dejando al interfecto libre de preocupaciones y en inmejorable posición para solo preocuparse de como conseguir su dosis de alcohol. Se hace de noche inmediatamente, casi sin crepúsculo. Deja de llover. Lamento no saber explicarlo mejor mientras recogemos. Decidimos marcharnos: ya es tarde. Dos se quedan.
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Etiquetas: palabras













Muy bien recreado y relatado, lo recuerdo con nitidez.