Bodas

21.10.08 | 10 Comentarios| Archivado en: Airimember

El viernes nos entregaron mi primo (uno de los más pequeños) y su novia la invitación de boda, que será, Dios Mediante, a finales de noviembre, en un afamado y reciente salón de bodas de la localidad y en una parroquia de la periferia. Un tarjetón bastante particular. La asistencia a las bodas ha sido un acto, algunas veces (dependiendo de quién sean los novios) no excesivamente agradable, más compromiso que ganas de asistir. En este caso, es todo lo contrario: es la boda de un primo hermano, a pesar de la poca relación debida a mi natural huraño y a la diferencia de edad. He asistido a no se cuantas bodas en mi longeva existencia, pero yo diría que por lo menos a un centenar de ellas y he venido observando la palpable transformación que a lo largo del tiempo han sufrido las citadas ceremonias. En los setenta, cuando se casaron mis tíos más pequeños y mis primos los mayores (los de la familia de mi padre), la celebración del Sacramento del Matrimonio en las parroquias de Tomelloso, era colectivo, es decir, en una misma ceremonia casaban a tres o cuatro parejas de novios, en aquellos tiempos estaban de moda las teorías sobre la organización científica del trabajo y se conoce que los párrocos del pueblo las aplicaban con alegría. Empezaron a celebrarse los banquetes en salones de boda propiamente dichos, aunque recuerdo que el de uno de mis primos se celebró en el casino de San Fernando. En el Gol, tenía un salón enfrente del parque, donde el olor a amoniaco de los retretes daba ambiente al comedor y otro en la calle de la Feria, donde está ahora una caja de ahorros, más nuevo y en mejor estado. Entremeses (jamón, queso, mortadela…), langostinos (pocos), sopa de marisco y cordero; tarta nupcial y pasteles, no había barra libre y las viejas y no tan viejas, armadas con bolsas de plástico cual hormiguitas laboriosas, guardaban comida para el largo invierno, mientras las cigarras se dedicaban (nos dedicábamos) al ponche y al guitarreo. Recuerdo a mi abuelo, invariablemente después de cada una de las tres bodas de mis tíos a las que asistí, discutiendo con el dueño de los salones por que le parecía poco el precio que le había cobrado y él, esplendido como era, le quería pagar quinientas pesetas más por cubierto y a mi abuela, en la boda del padre de mi primo el de la próxima boda, que la peinaron con tirabuzones como Julia Caba Alba en «Hay que educar a papá».

En los ochenta ya casaban a los novios de uno en uno y los convites se celebraban en Argamasilla, pues los salones de Tomelloso habían cerrado (o eso creo). Ya no se celebraba el «arreglo de boda» que era la versión local de la petición de mano y a las bodas igual que en los años anteriores, solo iban con traje los hombres más cercanos a la pareja (padres, padrinos). A finales los ochenta y en los noventa, todos con traje, barra libre, salones en el pueblo y se empezaban a celebrar las primeras despedidas de soltero fuera. Comenzaron a oirse las tracas a la puerta de las iglesias (digo yo que seria cosa de los del levante). Y era difícil encontrar a las hormiguitas de la bolsa en el banquete, aunque María Carmen y yo, tenemos la suerte de haber observado los (creo) últimos ejemplares, casi en en dosmil, con una rapidez de reflejos embolsando cigalas digna de un estudio con más rigor científico. Ahora hay bodas para todos los gustos. A lo mejor me animo y cuento la nuestra, que fue de todo menos alegre.

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