El lunes me descargué OpenOffice 3.0. Tiene una utilidad que permite la publicación en el blog desde un archivo de Writer. Bastante cómodo, pues nos olvidamos de la ortografía. Aunque claro, algunas palabras no las entiende y las marca como falta y otras se le escapan, pero bueno, las más gordas y los errores mecanográficos quedan controlados. Esto me trae al magín otra de las aventuras del sin par Monarca.
En el colegio al que los dos asistíamos, el segundo idioma era el francés. Esta asignatura nos la daba un profesor llamado D. José Antonio, inmenso tanto de largo como de ancho, velloso: tenía las manos como un licántropo en una película de serie B, aunque calvo cubría su cabeza con una especie de bisoñé que más parecía un capelo raído que cabellos humanos. Siempre traje (creo que el mismo), lo acompañaba con un chaleco de lana con bolsillitos, en los que guardaba convenientemente la goma de borrar (de boli y de lápiz). Como digo, era inmenso (tanto que le apodamos «el elefante» o «fefo» para los amigos), tenía unas manos parecidas a mis pies, pero le mataban su voz de pito y su bonhomía rayana en la pusilanimidad, que nosotros (almas de doce a catorce años sin desasnar) aprovechábamos para que sus clases fueran una fiesta. Dábamos la citada asignatura en unos manuales que se llamaban «Je Commence», en los cuales se narraban las peripecias de una familia francesa media: padre, madre, hijo, hija y perro (Patapouf). El libro se estructuraba en una serie de viñetas que describían una actividad realizada por la familia, en francés y una serie de adendas con la gramática, vocabulario, etcétera, que aparecía en cada capítulo o aventura. Así mismo, teníamos unas cartulinas con unas ventanas puestas convenientemente para tapar el texto o no, viéndose siempre la viñeta. Pues en una de aquellas, Robert, que era el hijo varón y primogénito de la familia, va a pasar con Patapouf, un día en el campo, a la vera del río. Como hacía mucho calor, el chico se quita la camisa y se tumba en la ribera. Algo así:
«Robert, la chemise retire et s’allonge dans le bord de la rivière»
- A ver, Ortiz, traduce la viñeta noventa y ocho
- Rober… se quita…
- Bien, bien, sigue.
- Roberrrr…., se quita la camisa….
- Sigue, sigue, que vas bien.
- Rober se quita la camisa….
- Venga sigue: Robert, se quita la camisa ¿y?
- ¡¡¡Y se caga en ella!!!
Ni que decir tiene el jolgorio que se armo en el aula, que acompañado de los manotazos que con sus inmensas manos daba Don José Antonio en la mesa, el cambio del color de cara del maestro, que paso en segundos del blanco al rojo más rojo del espectro y los gritos que profería hizo que nuestro amado director irrumpiera en el aula, tachándonos poco menos que de asesinos.
P.S.
Juan José Millás, dice que olvidamos a propósito las aventuras de nuestra infancia. Sera él.
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Tienes razón será él (Juan José) quien olvida.
Sí, Don José Antonio ponía orden en clase dando manotazos contra la mesa, también daba historia y/o filosofía y recuerdo que fue el primer y creo único maestro que nos dejaba abrir el libro para hacer los exámenes.
Siempre me pareció un maestro con una forma de enseñar diferente a todos los demás.
Sobre todo diferente.
Oyes, que este blog cada vez tiene un aspecto más chulo eh?, que cada vez que entro le has cambiao algo, te pasa como a uno de mi pueblo,que cada vez que voy su bar, ha puesto algo nuevo… XD, Saludos.
Je Je. ¿Te gusta?