Carnaval

07.11.08 | Sin Comentarios| Archivado en: Airimember

Ya se que no viene a cuento, pero ¿que quieres?, los caminos de la memoria son inescrutables; uno se encuentra, sin quererlo incluso, con recuerdos que ni mucho menos vienen a cuento, como el que ahora me envuelve. Tiene que ver con el carnaval, con los últimos años de la fiesta, antes de ser dirigida por el poder, subvenciones mediante, a lo que es ahora: un mero ver pasar las comparsas y carrozas, adelantando cuarenta días la Semana Santa. El carnaval me gustaba: disfrazarme, salir por la calle, hacer el indio, ir a los bailes; pero casi nunca encontraba quien me siguiera, con lo que optaba por vestirme solo o no vestirme. Un año estaba en casa de Manteca, que era donde siempre terminábamos; era la casa donde siempre nos recibían, nos daban de merendar, pasábamos la tarde. El hermano Manteca, con su sorna y su boina, su mujer, la hermana Rosario, siempre cantando, la Emilia, que vivía allí con sus padres y su marido y mi amigo. Los otros, los mayores, ya se habían casado. A los hermanos de mi amigo, les gustaba mucho vestirse de máscara, cosa que a él le producía  terror, la verguenza era patológica; recuerdo cambiarnos de acera por no ver a sus hermanos vestidos. Como digo, como no sabía adonde ir me fui a casa de Manteca, disfrazado de lo que intentaba ser un gangster, con una gabardina de mi padre, un sombrero de mi abuelo y con un ojo negro y cicatrices, trazadas con un lápiz de sombra de ojos de mi madre, sabiendo que al final me tendría que ir solo. Pero casualidades de la vida, se encontraba uno de sus hermanos, el segundo, que no se por que ese año no se había vestido. Se ve que se le encendió el paladar y cogiendo ropa de casa de sus padre y de su casa, terminó vestido de injertador, creo y salimos los dos a pasearnos por la calle de la Feria. La primera condición que puso fue que no se probaba ni una gota de alcohol (yo ya bebía por entonces), pues no había cosa más sin gracia que una mascara borracha y la segunda que le siguiera el paso. Así lo hicimos. Nos parábamos con cada grupo de paseantes a los que él pensaba que les podía hacer gracia nuestro (de él) número. Improvisaba versos sobre la marcha y hacía mucha gracia. Recuerdo dos :« Fraga el de los tirantes/te llaman el garbancero/los garbanzos son tu fuerte/¡¡¡no quiere ser melonero!!!»; y el segundo, «Y el Partido Comunista/que predica la igualdad/de bienes, que no de trampas/mirar que casualidad». Tenían mucha aceptación ya que estábamos en una época muy política.

Ya se que no viene a cuento ni el carnaval ni los Mantecas, pero es que los recuerdos van y vienen, me creo, a su antojo.

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