Sánchez es el primer apellido de un compañero de colegio de octavo, repetidor, con el pelo rufo y algo rubio al que nombrábamos generalmente por el primer nombre, por el segundo apellido o por el mote, que se refería a una raza canina. Este Sánchez era sobrino de Lucio (a) «el chato mal arriero», que fue durante muchos años el borracho oficial del pueblo y que muchas noches dormía debajo de los portales, vestido siempre de negro, tocado con boina; una vez los «Herrauras», los dos mayores, los melgos, le invitaron a un chato de vino en un kiosco del parque nuevo, pero de acuerdo con el camarero le pusieron vinagre, como broma, ya se sabe lo graciosos que somos en los pueblos, bebiéndoselo el hombre sin rechistar. La madre de mi condiscípulo, la hermana de Lucio, tenía los ojos muy chicos y muy cerrados y levantaba mucho la cara para mirar; el padre no servía un duro. Vivían en la calle entonces llamada Canal, (que es la última bocacalle de la calle Nueva antes de llegar al Canal propiamente dicho) y que ahora le han puesto García Lorca, más como nuevo castigo que como honor al insigne poeta, rodeados de cucos y gitanos. Los cucos son una suerte de etnia (como ahora se dice) de gentes rubias o jaras, achaparrados, que no se casan: se arrejuntan, con muchos hijos, simbióticos de los gitanos y que realizan tareas principalmente agropecuarias. Hicimos una vez una zonga (que es una reunión de mozos durante Nochebuena, en la que es tradición comentar y discutir el «Tractatus logico-philosophicus» de Ludwig Josef Johann Wittgenstein) en casa de Sáchez y le quitamos a Julianete el cuco un carro de lanzas que dejó en la calle, unos empujábamos, otros arriba del carro declamando: «El mundo es todo lo que es el caso» y otros corriendo al lado en un espectáculo difícilmente repetible. Hasta que salió el cuco con la garrota y una navaja de siete muelles y hubo que correr más que el tío de la lista. Al otro lado del canal, en término de Argamasilla (lo que no es decir lejos pues el citado termino ocupaba algunas calles del casco urbano de Tomelloso), había unas cuevas que sirvieron como mina de arena y que en aquella época se utilizaban como criadero de champiñones y que llamábamos las cuevas del champi. Varias veces fuimos a explorarlas con este Sánchez. A pesar de lo extensas que eran, se las conocía como la palma de la mano. Armados de linternas y hachones fabricados con jerséis liados en palos, nos llevaba hasta el final de las cuevas. Una vez, en lo mas hondo, apagamos las luces por indicación de nuestro amigo para quedarnos a oscuras. Hasta ese momento no había visto una oscuridad tan negra, tan real, tan aterradora. Me sobrecogió.
P. S. (Para escribir)
Instrucciones para escribir (Los archivos de Justo Serna)
Escribir antes de escribir (Mi Siglo de José Julio Perlado)
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Yo siempre tengo en mente unas entradas sobre personajes castrileños…
El año pasado lo intenté un par de veces…
El de Casildo no me disgusta del todo.Pero me dio vergüenza seguir. A todas luces no soy carne de nobel.. a lo mejor este agosto…
Todo esto no es por hacer proselitismo de mi blog (bueno un poco sí), es que me ha dado envidia al leer el suyo, con sabor a sabrosa infancia y coplillas populares