El cigarral

14.11.08 | Sin Comentarios| Archivado en: Parole

Le urgía vender el cigarral de su antepasados (como él decía) y por eso nos citó. A Román, al piloto, que aún no había llegado y a mi de oyente, como siempre. Necesitaba el dinero y lo necesitaba ya, tenía medio convencida a su hermana, no iba ahora a trabajar, vamos él no estaba ya en edad, pero nadie de los suyos iba a doblar el lomo ahora. Los ancestros observaban desde lo alto y no los iba a defraudar; aquel antepasado navarro del que heredaron el apellido que les sirve de nombre comercial para la pequeña empresa que regentan él y su hijo, que emigró desde tierras del Ebro hasta la estepa castellana, se reiría de él si lo viera haciendo algo más que mandar a los obreros (dos y a punto de jubilarse). Además, en cuanto lo vendiera iba a invitar a su mujer a Roma a ver al Papa y a Tierra Santa y él, un abono para San Isidro, siempre claro está que lo vendiera y que firmará la hermana, que con el cuñado que Dios le había dado cualquier cosa podría pasar. Pero no hay que ser gafes. Allí estábamos, él, Jose, vestido de verde oliva como antiguamente los ricos de los pueblos y con gorra de cuadros y nosotros dos, esperando al piloto que iba a ser el corredor. Este piloto del que no recuerdo el nombre, era compañero de bar de Román, había servido por lo visto como piloto de guerra del ejercito de Estados Unidos. Vivió varios años en Nueva York, ahora residía en Madrid con su tercera mujer, como el decía, era centroamericano, cubano creo yo. Las pocas veces que me junte con él antes de esta (si era capaz de llegar) en el bar que frecuentaban Román y él, terminaba contándonos que lo que más le gustaba de la ciudad de los rascacielos era la Grand Central y que como a él, al compositor checo Dvorak le epataba la citada estación, tanto que aceptó el puesto de director del Conservatorio Nacional de Nueva York, solo por disfrutar del espectáculo que le brindaba la terminal. Este piloto, era lo que se decía antes, un cosmopolita, si no profundizabas mucho, como se verá más adelante.

Por fin llegó el inmobiliario volador equipado, como no, con una maleta de piloto en donde llevaba todos los expedientes y en el coche de Jose, nos dirigimos al cigarral. Era inmenso: había más de dos hectáreas de terrero, olivos, almendros, jardines, tres piscinas y la casa era una vivienda neoclásica, del siglo XVIII, decía el dueño, mil millones de pesetas pedía. OK, dijo el piloto, tengo clientes a los que les puede interesar. Vamos a comer. Cuando salíamos, recorriendo otra vez la inmensa parcela le observé a Jose que todas las aceitunas de los olivos estaban en el suelo (estábamos acabando del invierno) y que era una lástima, que como no las recogía. «Por que para una botella de aceite que necesito voy la tienda y la compro ¿me entiendes, alhaja?». Regresábamos a la ciudad y el piloto, creo yo que perdiendo la cabeza, se puso a hablar de política, criticando duramente a los curas, a la derecha, a Aznar, estábamos por la puerta del Cambrón y había que llegar casi a Olías. «¿Tu que opinas Jose?», le inquirió. «Pues mira, machote, opino que soy de derechas de toda la vida, que voto a Aznar, que voy a misa todos los días y que el coche es mio y te vas a bajar y te vas a ir andando ¿me entiendes, alhaja?» Y lo bajó. Y el piloto no hizo el trato del cigarral de Jose. Ya no se quién lo haría, pues la volví a cagar de nuevo, pero eso es otra historia.

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