En estos días aciagos en los que Dios Nuestro Señor abandona, una vez más, a los mismos a su maldita suerte y los cadáveres se amontonan por miles en una tierra donde la vida no vale nada, recuerdo como mi madre, en otra anterior y devastadora tragedia, la de Managua, lloraba frente al televisor por aquella pobre gente, compadecida en una especie de comunión con todos y cada uno de los afectados, poniéndose en el sitio de las víctimas, preocupándose de lo que iba a ser de los desahuciados. Al rememorar esa imagen, me siento culpable de no sentir algo más que curiosidad al ver las imágenes de esta nueva tragedia.
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Yo me siento culpable de cómo les lanzan la comida desde el aire, eso ni a los perros se les hace.