Veo por televisión altivos y orgullosos a los ancianos veteranos del desembarco de Normandía. Con el pecho ornado de medallas, heroicos, tranquilos, seguros, felices. Saben que gracias a ellos y (sobre todo) a los que les rodean yaciendo bajo cruces y estrellas de mármol acabó el horror. El mal fue vencido una vez más (a lo peor la última) permitiéndonos en esta mañana de domingo sentir el tranquilizador aroma del café recién hecho. Esos pobres viejos que hace sesenta y cinco años fueron pobres jóvenes y muchos dejaron sus tripas esparcidas por las playas de Normandía asegurando el futuro (cierto) de nuestros hijos y nietos (incluso sobrinos). Gracias.
En una moda de allende la mar océana, las mangas de la camisa se arremangan hasta el codo, identificándonos con el nuevo orden, con la oquedad de las vanas y largas frases vacías y grandilocuentes que solo sirven para entretener. Al lado de guisanderos en infectas ventas de carretera que con el mandil lleno de lamparones hablan de boletus, de pochar, de maridaje, eso si, con las uñas negras y descubriendo matices y frutalidades de todo punto irreconocibles (incluso por mi en épocas de libador profesional) en vinazos crudos. Todo ello: las mangas, los boletus, etcétera sin un asomo de sonrojo, sino exhibiendo una altivez indigna e inane al lado de la confianza que transmiten los ojos de los héroes de Omaha.

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Pues sí. Gracias.
Mucho te agradezco tu comentario y la inclusión de Mi Siglo dentro de la lista de tus blogs.
Espero que sirva algo de lo que voy escribiendo.
Saludos.
JJP