Una vez compró mi padre una casa, ya en Tomelloso, que no era tal. O por lo menos no era tal como las habíamos conocido. Era un patio con habitaciones construidas en derredor, como casas independientes, con tejados a dos aguas y paredes de adobe. Había tres casas de esas en la parte norte: salón, alcobas y una cocina. Otra en la parte sur que servía de trastero. En el patio había una higuera inmensa y un grifo en la pared con un pilón. Ese grifo y el de la cocina eran las únicas salidas de agua corriente en toda la casa, con lo que el aseo lo realizábamos por medio de abluciones. Había un corral sin bichos separado del patio por un portón de madera, dentro había una cochiquera, un gallinero y al final el retrete: un agujero negro que tragaba toda la materia y la antimateria. La casa estaba un metro más baja que la calle y mi padre hubo de encargar unas rampas de madera para salvar el desnivel con el coche. Estuvimos poco tiempo allí. Fue la penúltima casa de mi movida infancia: la quinta de seis y en la única que no emitimos anhídrido carbónico a la atmósfera.
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