Llegó solo, bueno solo no, con los demás, venía por su cuenta, sin compañía y se junto con los otros. Un matrimonio joven, un viejo con boina, un hijo y una hija y él que como venía solo y el viejo estaba de «non» les vino bien. Luego estaban los otros, la hija de Jesús «Peseta», que como era el pisador de la casa la metieron por compromiso, el marido y un hijo pequeño. Vivían en Valencia, el marido era valenciano, si vivieran en el profundo Sur serían white trash, pero aquí y en aquellos años eran solo gentuza. Camino del corte, todos encima del remolque, cada uno hacía su gracia, el viejo fumaba por la nariz, el hijo explicaba como desollaba venados en la sierra con un puñal (el decía cuchillo de monte) que llevaba en un tahalí, el matrimonio joven tonteaba y la hija de Peseta y su marido observaban mientras su hijo se sacaba los mocos con la mano. El que venía solo que se llamaba Juan (sus compañeros le decían Guán) observaba la varja, especie de cesto de picnic, solo que de madera en el que se lleva la comida y lo cubiertos al campo, viendo los departamentos (se ve que no la conocía), en esas estaba, cuando al sacar una botella de aceite del citado continente, el tractor frenó, la botella se le cayó y el aceite comenzó a derramarse. Como movida por un resorte, la hija de Peseta, se incorporó gritando: «¡¡¡Levantalá, que trae mala sombra, levantala, la botella, levantalá!!!» Él, Juan, levantó la botella y limpió el poco aceite que se había derramado y el viaje siguió como hasta entonces. Llegaron al corte, comieron y comenzaron la faena. A los diez minutos, la hija del pisador, se cortó en un dedo: «Ha sido por ti, derrama-aceites». Al día siguiente, Juan se colocó una especie de impermeable, a las dos horas estaba lloviendo: «Ha sido por ti, derrama-aceites, con ese capote llamas a la lluvia». «Esto no es nada», dijo él y ese día ya no pudieron trabajar. Esa misma tarde, metidos en la casa, la hija de Peseta que para cualquier acontecimiento tenia una explicación basada fundamentalmente en los hados, le increpó: «Tu, derrama-aceites, ¿es que eres gafe?», él no respondió, se limitó a mirarla fijamente, increpando comprensión con la mirada. «Si, eres un gafe», sentenció ella. Todos dejaron de hablarle y evitaban incluso intercambiar una mirada con él. A los tres días dejó la cuadrilla.
P. S. (Pedazo de mi cuore)
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Etiquetas: vendimia













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