Lo peor que nos puede pasar es que asumamos la tontería con la que nos tratan como algo normal. El poder, digo. El poder es como un higo (perdón por la comparanza)…Digo, la tontería. Hemos llegado a lo que tantas veces hemos considerado imposible, nosotros, ciudadanos de la vieja y culta Europa: a la perfecta idiocia. A creernos lo que nos digan incluso con una mueca de satisfacción. Nos hemos quedado en las granzas. Que por otra parte es lo más fácil. Servidor considera malo al Poder, desde siempre. En fin, esto viene a cuenta de los planetas, los aviones, los trajes y las sesentaicinco horas. Hablando de granzas, mi abuelo alquilaba una aventadora en el agosto. A uno que le decían Lua. Era de gasolina. Se le echaba la mies por un sitio y el grano, las granzas y la paja salían por su sitio. Las granzas y el grano caían a sacos y la paja no. Las granzas se guardaban para las gallinas. El grano, es este caso lentejas, se vendían. Venían unos señores de Salamanca que con una especie de merendera provista de cribas descubrían el calibre de las leguminosas. Y así pagaban. Martín, martín: tantos kilos, tantos cuartos; como estos. Hasta luego, adiós. Y ya estaba. Doblaba mi abuelo los billetes de los Reyes Católicos por la mitad y se los metía en el bolsillo. Sin tanta tontería como hay ahora. Tenía un montón de aperos para la era: la trilla, el trillo, el arte, la escoba, la pala, la horca, el horquillo, el rastro de mano, el de la mula o el tractor, el pisón. Mientras duraba la trilla se iba mi abuelo a dormir a la parva. Los ladrones y las hermanitas del asilo eran sus peores enemigos durante la trilla, más incluso que una nube. Pero a pesar de ser un comecuras, cada año invariablemente le sacaban las monjitas un saco de lentejas para los ancianos.
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