Siguiendo con el cosmopolitismo de la ciudad de mis ancestros, recuerdo (raro por la época) no sin cierto sonrojo, cuando aprovechando los conciertos que los Rollings Stones dieron en España con motivo del mundial de fútbol de 1982, el señor Pedrero nos deleitó en el Avenida con la proyección de un film sobre una actuación en directo de los citados músicos (los Rolling decíamos los paletos y los Stones decían los que sabían más de música), al que asistió toda la modernidad que había entonces en el pueblo, equipada con toda la parafernalia propia de un concierto en vivo, cazadoras, chapas, fulards, chocolate. Cual no sería nuestro grado de catetismo, que aplaudíamos al final de las canciones (hubiéramos sido capaces de pedirle un bis a la pantalla del cine). La verdad es que resulta ridículo desde la distancia. Pero era lo que había: vivíamos en un pueblo, grande, pero pueblo y los de la boina no habían soltado aún el poder, ni las de corrillo al tomar el pan. Y las buenas intenciones campaban a sus anchas.
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