Los espejos de los armarios se llaman lunas; la capital de Santa Elena es Jamestown y aún a riesgo de parecer inmodesto me observo paralelo con Bonaparte. Fundamentalmente en la común incapacidad para mantener nada; en el fracaso del segundo intento, el de los Cien Días, y en la imposibilidad final de redención (o remisión, tal vez) y (por supuesto) en la insolvencia de dirigir el propio destino y mucho menos el de los de alrededor. A los armarios, que era la única pieza de la alcoba que no se sacaba cuando esta se convertía en capilla ardiente, les echaban una sábana por encima; la cama se desmontaba y se llevaba a otra habitación junto con las mesitas, descalzaderas y demás mobiliario, quedando el cuarto casi diáfano (salvo por el armario) y preparado para que los de la funeraria colocasen los cirios, el catafalco y la cruz de bronce. Como digo, se llamaban lunas y se tapaban cuando había un muerto en la casa. He visto muchas sábanas tapando armarios, no se si tantas como el corso.
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