Barenboim (hasta hace nada un enfant, ahora convertido en un señor mayor, con el pelo blanco, aunque señalándonos que sigue siendo un rebelde vistiendo un chaqué con cuello Mao y sin corbata) ataca las piezas vienesas con particular estilo de dirección, inexistente, haciendo gestos y visajes extraños, marcando raramente el compás con la batuta. Mira a la cara a los músicos. En la sala de conciertos no cabe un alfiler, cada vez más lleno. Más público, menos japoneses con kimono. ¿No se dan cuenta los de la televisión austriaca nuestro odio hacia esa especie de melifluos y empalagosos videoclips de montañas nevadas y bailarines con los que nos estropean el concierto? Queremos ver músicos tocando y directores dirigiendo, no pueblos del Tirol ni amanerados danzantes. Aguanto impertérrito los chistes y risas de Pérez de Arteaga, en el último sortilegio (ayer comí uvas, brinde con el pie derecho adelantado, etcétera) para que lo hados del nuevo año me sean favorables.
P. S.
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