Oficios

07.07.09 | Sin Comentarios| Archivado en: Airimember

Los objetos de barro (incluidas las tinajas), cuando se rajaban se reparaban con unas lañas de alambre colocadas transversalmente a lo largo de la hendidura; los especialistas eran los lañadores generalmente ambulantes y quinquilleros. Cuando llegaba un lañador al pueblo, salían las mujeres con los útiles de madera o de barro y el lañador los arreglaba. Ponía unas lañas y después masticaba un poco de barro y lo extendía encima para que no se vieran. Al gremio de la quincalla pertenecían así mismo los sarteneros, encargados de tapar por medio de soldadura los agujeros producidos en las ollas, perolas, sartenes y demás vidriado (vedriao). Provistos de una lata en la que llevaban unas ascuas de carbón con los soldadores siempre calientes, y colgado del hombro un herramental de madera con todo lo necesaria para esta actividad. En la otra mano llevaban una sartén y un martillo con el que la golpeaban rítmicamente, marcando el paso; realizando una suerte de redoble al llegar a una esquina. Había también sarteneros sedentarios. Chillerón. Lo conocí ya viejo siempre envuelto en un pardo jersey de cuello alto, gruesísimo, holgado y lleno de quemaduras. Vivía en el barrio de San Antonio con su mujer que tenía el cuello doblado y se sujetaba la cabeza con un puño. Misérrimos. Mi abuela le llevaba todo el menaje y le decía de usted, en el taller tenía un fuego permanentemente lleno de soldadores provistos de un gran mango. Otros errantes eran los afiladores, en bicicleta, gallegos de Orense, con una siringa que hacían sonar pasando rápidamente las cañas por la boca, describiendo escalas ascendentes y descendentes. La piedra la movían con los pedales de la bicicleta, cambiando la ubicación de la cadena. Los meleros o mieleros, también mercachifles, venían de la Alcarria, tanto de cuenca como de Guadalajara, llevaban un pellejo en en lomo de una mula, siempre rodeados de moscas. Los del paloduz, incansables andadores y mal mirados por las fuerzas vivas. Chamarileros, en este caso locales, como Juaninas que compraba hierro viejo y lana vieja de colchones en una jerga ininteligible al llevar una dentadura postiza que le venía grande; los domingos ponía una rifa en la calle La Feria: las taratas, que por medio de dados o una ruleta de la suerte como las de los barquilleros, ganabas caramelos o perdías cuartos. Los otros eran gitanos. Oficios ya perdidos como el del Paparrús, que le dijo a un notario al que le pareció excesiva la minuta de la limpieza del retrete: «a joderse y a aprender buenos oficios».

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