Tengo una imagen imaginaria y recurrente de París: la de un barrendero vestido de pana, con gorra y armado de una inmensa escoba de brezo, barriendo hojas secas de acacia de los adoquines (pavés) de la calle. Lógicamente hay clientes sentados en la terraza de ese café del chaflán apurando los últimos rayos de sol del otoño, eso si, con abrigos. Y en la esquina de enfrente un músico callejero toca en el acordeón (ciertamente ¿o es que no sabéis que el único ingenio musical permitido para los músicos ambulantes de París es este en cualquiera de sus variantes? –cromático de botones; cromático de teclas y diatónico-) «La Vie en Rose». ¿Se sabrá parte el barrendero de esa postal? Como soy yo quien lo imagina, puedo pensar que si, quitándole al probo funcionario (y anuente) cualquier capacidad de rebeldía, más como compensación por los años de servicio, le adorno con un mostacho bien peinado y una afabilidad (¡Oh, la, la!… ¡Bonjour!… Merçi…) no empalagosa, incluso le dejo que acompañe (por lo bajini, se entiende) con su voz al músico. Mientras los estirados camareros uniformados con chaleco verde y un mandil blanco que les cubre desde más arriba de la cintura, sirven cafés y bollos a los clientes que se sientan en los veladores, en los que hay (en cada uno) una botellita de vidrio con agua. Los clientes no tiene cara, o la tienen difuminada, solo se distingue el abrigo de paño. He de conseguir que el músico aumente el repertorio y que los camareros sean más amables. La próxima vez.
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