El calor es consecuencia del verano y no depende de la cercanía de nuestro planeta al sol, sino del sesgo de los rayos solares al incidir en la superficie terráquea. Ahora no se respeta el verano, más antiguamente en la canícula y durante las horas de la siesta estaba absolutamente prohibido asomar la nariz fuera de casa. No nos dejaban. Incluso era obligatorio dormirla, siendo odioso ese lapso, pues recuerdo no tener nunca sueño durante las dos horas largas que duraba, sintiendo ese tiempo interminable, aburrido y sin posibilidad de hacer ruido (o con posibilidad de hacerlo a cambio de un tortazo). Las gentes del campo amoldaban sus faenas al calor, procurando estar bajo cubierto en las horas de más temperatura. Por la noche nos dejaban jugar hasta muy tarde ya que los mayores se estaban (tan ricamente) en el fresco hasta la madrugada hablando en «espontáneas» reuniones de vecinos en las que para Santiago ya se sabían todas las anécdotas de tanto repetidas. Los muchachos jugábamos y molestábamos y de vez en vez nos llevábamos alguna galleta (él que menos corría, generalmente algún poliomielítico como Forrest) o algún balón pinchado por la navaja de la vecina mozavieja y amargada que se sentaba sola. En viejas películas italianas rodadas en blanco y negro he visto noches de verano como las nuestras, voces incluidas. Ahora la gente salimos durante la siesta; los labradores, con los riegos y la explotación extensiva trabajan más en esta época que en otra estación y se sienta poca gente al fresco. A lo mejor es la globalización y to eso, o el cambio climático u Obama ¿quien sabe? pero los veranos ya no son como los de antes.
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Es cierto lo que dice, aunque en mi pueblo todavía los abuelos pasan las tardes hasta bien entrada la noche al fresco. Y los niños todavía corretean y juegan a la botella y a la pelota con peligro de colleja.
O acaso ya no lo hagan y todo esto no sean más que deseos que uno guarda como preciados tesoros en la memoria.
Los deseos seguramente, Armando, los deseos…